ARTÍCULO. Apellido en venta: el dilema de ponerle precio a la empresa de la familia

La primera impresión de cualquier mortal sobre aquel semejante que tiene entre sus bienes una participación en una empresa de familia se mide en millones. Esa lectura no es errónea, pero para el seno de aquellas familias empresarias que se debaten entre continuar o vender su empresa, el análisis es algo más intricando y no solo pasa por el dinero que puedan obtener a cambio.

Para la especialista en empresas de familia, Cinthia Kaplun, estas compañías nacen como la posibilidad de ser instrumentos de supervivencia sin trabajar en relación de dependencia, y con el tiempo -y las reinversiones- se transforman en algo distinto. Ese algo distinto podría ser tomado como instrumento para quienes están dirigiéndola y trabajando en ella. Pero, para quienes no están en la dirección de la empresa, las acciones o porciones de capital que tienen de la sociedad se termina asemejando mucho más a un patrimonio.

Ante ese panorama, la consultora agrega, “la diferencia entre ambos es nítida: para quien la empresa de familia es un instrumento, la prioridad será reinvertir los dividendos para mantener su desarrollo y lograr trascendencia. Por el contrario, para aquellos que solo signifique parte de su patrimonio, lo importante será lograr distribuir dividendos, lo más jugosos y lo antes posible, la inversión en estos casos debe generar un retorno más bien inmediato, de otro modo surge la posibilidad de vender”, sostiene Kaplun.

Valor emocional

Muchas empresas han transitado la alfombra roja con la marcha nupcial de fondo que, los deposita en manos de su nuevo dueño. La expresión “vestir a la novia” encierra todas las características que debe reunir una compañía antes de prestarse a la venta, desde números en orden hasta contar con todos los empleados completamente en blanco.

“Los objetivos contrapuestos entre los distintos accionistas, que pueden ser hermanos e incluso primos, generan muchas veces la postura de «si no hay dividendos, no me interesa mantener mi capital. Yo vendo»”, señala Kaplun, como uno de los dramas más comunes en este tipo de empresas.

sabe la tierra
Sin embargo, allí no termina todo, “sino que comienza otro tema: vender o litigar. Si pudiéramos reducir aún más este punto, las dificultades provienen de un par de preguntas: ¿Cómo valuar la empresa? y ¿cómo definir la forma de pago?”, sostiene la especialista.

Un largo camino al altar

Para Esteban Tsariktsian, ex accionista de la distribuidora de cigarrillos y golosinas Potigian, que a comienzos de este año pasó a manos del propietario del mayorista Diarco, Roberto Goldfarb, hacía muchos años que estaba el interés por desprendernos la compañía, después de intentos fallidos en concretar el traspaso generacional. “El primer intento de venta se frustró por el inicio de lo que fue el cepo al dólar. En la segunda etapa, mi mamá se enfermó y mi tío terminó accediendo a desprenderse de su parte, porque de lo contrario, corría riesgo la continuidad de toda la compañía”, admite Tsariktsian que al momento de sellar el pasamos tenía el 50% de las acciones que heredó de su madre.

“Tuve que volver de Punta del Este a último momento, en enero, para firmar todos los papeles por la transacción, en un proceso en el cual participamos 11 personas en las oficinas de Infupa, nuestro asesor. En este tipo de operaciones, el pago se hace por transferencia bancaria reportando todo ante la AFIP en simultáneo a la concreción de las firmas, y todo el proceso duró más de cuatro horas”, explica el empresario que eligió a Goldfarb como comprador, porque compartía el mismo esquema y filosofía de empresa familiar que garantizaba la continuidad laboral de los miembros y empleados de Potigian.

“Las empresas de familia, en general, no cotizan en Bolsa, no hay un mercado fluido de compra venta de paquetes accionarios (y menos aún cuando son minoritarios). Eso genera gran cantidad de opiniones, pero pocos acuerdos. Un tema es el precio, como medida de intercambio, en confrontación con el valor emocional”, señala Kaplun y sigue: “El valor incluye el tiempo y la energía invertida, el tipo o nivel de vida que tuvo que seguirse e incluso los sueños proyectados hacia el mañana. Esto lleva a que para quien trabaja en la empresa, $ 100 en acciones de la misma pueden significar mucho más que $ 100 en efectivo, y para quien está fuera de la organización ocurre lo contrario”.

“El proceso de venta que se desencadenó en el segundo intento duró tres años, porque hay dos grandes temas, primero los legales, dentro de lo que se puede o no hacer al querer venderla; y luego la parte fiscal”, afirma el ex socio de Potigian Golosinas que, tras la operación, conserva los inmuebles de la firma ya que solo cedió la marca.

“Hay muchos temas de por medio, como el acuerdo que teníamos con la tabacalera Massalin Particulares para la distribución de sus marcas de cigarrillos. A su vez, en el proceso se nos cayó un contrato de exclusividad y hubo que indemnizar a parte del personal. Como así también, cambió el margen con las tabacaleras, lo que generó un quebranto en muchas distribuidoras, ya que cayó el rendimiento hasta un 50% y eso también modificó el valor de nuestra compañía. Por otro lado, tuvimos una compulsa con YPF para renovar un contrato, que por suerte conseguimos retener, pero no significó grandes cambios para los números de la empresa. Sin embargo, fue importante porque representó conservar el cliente que nos generaba cerca del 40% de los ingresos”, repasa algunos pormenores de lo que significó desprenderse de una organización con 360 empleados y décadas de trayectoria en el rubro de la distribución mayorista de golosinas y cigarrillos.

“La parte fiscal es otro de los puntos porque vivimos un proceso que no está terminado que, se denomina escisión, y consiste en separar los bienes de la marca”, agrega Tsariktsian.

Cuestión de pesos

Para Kaplun, en cualquier caso, el verdadero tema de discusión cuando llega el momento de vender es cómo y en cuánto valuarán la firma.

“Quien está afuera suele valuar su parte con el sobreprecio (o prima) del valor que le agrega la gestión de quien está adentro, que es casualmente, quien compra en muchos de los casos. Esto lleva al sinsentido que, a quien está adentro (y compra) se le pide el sobreprecio, que proviene de su propia participación en la gestión”, explica y aclara, “por eso es tan difícil hablar de valuar una empresa de familia. Pensemos que, cuando por la empresa litigian las partes, además de analizar lo que a cada uno le corresponde, hay que pensar en lo que conviene a la empresa. Son muchas las oportunidades en que, por preocuparse por los derechos personales, sale derrotada la empresa (y la familia detrás). Por eso, siempre el primer paso es aceptar que una empresa de familia vale como instrumento y no como patrimonio”.

Ópticas diferentes

Instrumento

Aquellos que no solo son accionistas sino que participan de la gestión serán los primeros en poner por delante la transcendencia de la compañía familiar antes que la mera obtención de dividendos.

Patrimonio

Los accionistas de la empresa familiar que no tienen injerencia en el día a día, suelen reclamar un retorno de su participación constante y sonante, muchas veces poniendo en riesgo la continuidad de la firma.

Fuente: La Nación 25/10/2017

Publicado en Artículos.

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